“Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre”… Enrique Santos Discépolo

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Hablar o escribir sobre la vida y obra de Enrique Santos Discépolo, es hacerlo sobre el más “maldito” entre los malditos de la historia argentina. 

¿Por qué “maldito”? Porque con este nombre, Don Arturo Jauretche designó a aquellos argentinos “condenados al silencio y al olvido por la superestructura cultural”; superestructura manejada por la clase dominante y productora de “zonzos en serie”. 

“Malditos”… porque fueron quijotes que tuvieron la osadía, el coraje, la valentía de elevar sus voces contra los “mitos consagrados”. 

“Malditos”… porque se negaron a la complicidad con intelectuales que lograban fama por “lamer las propias cadenas que los esclavizaban”. 

“Malditos”… porque nunca participaron de los ilustres cenáculos de la época, a pesar de tener más luces que muchos otros mediocres que ocupaban el escenario. 

“Malditos”… porque todo se les negó para impedir que con sus ideas concurriesen a construir una cultura nacional que cuestionara aquella otra cultura, la antinacional, implementada como reaseguro del coloniaje económico y político imperante.

Pero fueron “malditos”, porque el pueblo argentino en su incesante descubrimiento de la realidad nacional, paso a paso, fue derrumbando esa cultura oscurantista y reconoció a los que abrieron picadas en la maraña de la confusión organizada.

Enrique Santos Discépolo fue uno de esos “malditos” que escapó, como escapan lo juglares, y sus letras se hicieron presente en las conversaciones de las esquinas, en las radios camioneras de la madrugada, en el tarareo del transeunte preocupado y en el silbido compañero del que está solo y espera.

Un “maldito” que escribió ensayos filosóficos en tiempo de tango y para todos los tiempos. Es, Discépolo, el mayor filósofo popular argentino del Siglo XX. 
Plumíferos, o escribas, (al decir de Sarmiento – utilizando un vocablo inserto en el diccionario castellano – los “cagatinta”) pretendieron expurgar su nombre de las antologías. 

No lograron silenciarlo, y entonces utilizaron otra técnica: la deformación, con el fin de esterilizar su nombre. Un Discépolo torturado, desencantado y anodino. 

Así, se ha pretendido “arrinconarlo en la mitología de la noche, meterlo de prepo en algún santuario intelectual para que algunos le recen una lacrimógena oración tanguera”.

Trampa… trampa que es lo que acostumbran a tender para confundirnos en el campo de las ideas.

Trampa… porque Discépolo al igual que Homero Manzi, no fueron “hombres de letras”… hicieron “letras para los hombres”. 

Discépolo hizo letras que expresaron el dolor, la frustración y la protesta de multitudes.

Discépolo percibió e interpretó las emociones colectivas 

Ese Discépolo que nos quieren robar o desfigurar dijo:

 

“Me di de corazón a un pueblo, porque los pueblos no engañan nunca y devuelven, como la tierra, un millón de flores por una semilla seca. 

Y mi pueblo me ha devuelto exageradamente la ternura que le di sin esperar su premio. 

En el largo y penoso diálogo de mi vida, no he tenido más interlocutor que el pueblo. Siempre estuve con él… afortunadamente con él”. 

Este es el verdadero Discépolo. Y es por ello, simplemente por ello, que nos lo quieren robar o desfigurar…

Es Piero, en una de sus canciones que dice “al Pueblo lo que es del Pueblo, porque el Pueblo se lo ganó”. Discépolo comprendió cabalmente al Pueblo, y ese pueblo lo reconoció por siempre. 

Discépolo se convirtió en el gran ideal del poeta español, reposado y profundo, Antonio Machado, cuando sentencia: “La felicidad de un poeta está en que se convierta en copla. Que la repita el Pueblo”. Sin duda, Discépolo, que junto a Manzi, “se fue al cielo de la noche” es feliz. 

Se iniciaba el Siglo XX, y allá, un 27 de Marzo de 1901, nacía Enrique Santos. A los cinco años muere su padre, y cuando tenía siete años, muere su madre. 

Recordando esos tiempos dijo: “Mi timidez se volvió miedo y mi tristeza… desventura”. 

Su primera escuela fue religiosa, luego una del Estado.

“Nunca entendía la división de quebrados… numerador… denominador… ¡qué lío!… nunca fui bueno para los números. Y por culpa de las matemáticas me hice la primera rabona. Pero lo que dejé de aprender en el colegio, lo recuperé en la calle… en la vida”.

Y en esos años de escuela, entre rabona y rabona, comenzando a andar por la vida, recordó que entre sus útiles tenía un globo terráqueo que “lo cubrí con un paño negro y no volví a destaparlo. Me parecía que el mundo debía quedar así, para siempre, vestido de luto”. 

Eran los años de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1919); de la Revolución Bolchevique en la Rusia Zarista (1917); eran años que “conmovieron al mundo” en las primeras décadas del Siglo XX. 

En su juventud visitó Europa. En las tabernas de Madrid y París, y “en esas mesas que nunca preguntan” observó un denominador común con aquellas otras de Buenos Aires y de tantas ciudades argentinas: el hombre que está solo. 

Y dijo: “Me impresionó la soledad internacional del hombre frente a sus problemas”. 

Conoció de la bohemia de los artistas, pero también conoció de los sueños de redención social de los humildes y postergados. 

Conoció la obra de Francisco de Goya (1746 – 1828) y fue su admirador. Admirador del célebre pintor, legítima gloria de España, y de sus “aguafuertes”, conocidos como “caprichos”, en los que se ve lo maravilloso de su potencia pictórica. 

Goya fijó en colores la vida misma y representó con todo el poder de su genio dos terribles momentos de la Guerra de la Independencia Española: los fusilamientos del 2 de Marzo de 1808. 

Discépolo, justamente, reconocía el valor ético y estético de Goya, al que algunos le colocaron el epíteto de “loco”. 

Ese “loco” en uno de sus “caprichos” escribió: “Los sueños de la razón producen monstruos”.

 

En 1939, en la letra del tango “Tormento”, Enrique Santos Discépolo acompaña el pensamiento de Goya, diciendo: 

“Yo siento que mi fe se tambalea 
que la gente mala vive… ¡Dios! 
mejor que yo”. 

Es que los monstruos, los malos… se seguían reproduciendo. 

Discépolo escribe su primer tango en 1926: sólo tenía 25 años, y lo tituló “Que vachaché”. Dijo: “Con mi primer tango comenzaron mis problemas”.

A éste debemos agregar: “Yira – Yira” (1930), “¡Qué sapa… Señor!” (1931) y esa denuncia universal que es “Cambalache” en 1935. 

Estos cuatro temas son la piedra angular del pensamiento discepoliano. 

Le he llamado “Discepolismo” porque sin duda alguna representa una corriente filosófica, universal, humanista y trascendente.

Estamos hablando de temas escritos entre 1926 y 1935. 
¿Qué pasaba en el mundo en esos años?

El centro del mundo era Europa. Se produce en esos tiempos la crisis del pensamiento europeo, la bancarrota de un sistema fijo del universo que daba sentido y significado a la vida humana. Se manifiesta esa crisis en la declinación de los valores religiosos tradicionales. El humanismo racionalista creía que bastaba la ilustración para alcanzar la civilización, el progreso definitivo y la paz fundamental. El correr de los años demostró que no era así. 

De la última confrontación, la Guerra Franco-Prusiana de 1870, ya nadie se acordaba.

Y en 1912 estalla la Guerra de los Balcanes; en 1914, comienza la Primera Guerra Mundial; en 1919 se produce la Revolución Bolchevique que da fin a la hegemonía capitalista por sólo 73 años; en 1929 estalla la Bolsa neoyorquina y comienza la Gran Depresión; en 1931 se proclama la República en España y el Borbón Alfonso XIII abdica el trono y en 1933, en Alemania, Hitler toma el poder. 

La hambruna y el terror se paseaban por doquier.

Y Discépolo exclama: “La tierra está maldita / el amor con gripe en cama / La gente en guerra grita, / bulle, mata, rompe y brama”. 

¿Por qué pasaba lo que pasaba?. Discépolo da respuesta a este interrogante a través de un planteo de corte netamente filosófico: 

“Al hombre lo ha marea’o 
el humo al incendiar 
y ahora entrevera’o… no sabe dónde va. 
Voltea lo que ve… por gusto de voltear 
pero sin convicción, ni fe. 
Es que el hombre anda sin cueva
voltió la casa vieja 
antes de construir la nueva 
Creyó que era cuestión de alzarse 
y nada más 
romper lo consagra’o… cortar lo que adoró” 

¡Sin convicción ni fe! Sin principios y sin creencias. Sin ideología, sin trascendencia, porque lo trascendente era relegado para dar paso al que me importa de la belle epoque; como diríamos hoy… por cuatro días locos…

También debe reconocerse que las ideologías de entonces eran totalizadoras y totalitarias. 

“Romper lo consagra’o 
cortar lo que adoró…”

Y refiriéndose, justamente, a Alfonso XIII, le pregunta a Dios: 

“¡Qué sapa Señor! 
que los reyes temblando 
remueven el mazo, 
buscando un yobaca ¿Qué sapa señor?… que lo que parecía eterno, permanente… se derrumbaba. 

Y agrega algo que, quizás, fue escrito para todos los tiempos: 

“¡Qué sapa señor! 
que en medio del caos 
que horroriza y espanta 
la paz está en yanta 
y el peso ha baja’o”. 

Por Osvaldo Vergara Bertiche

 

Cf.Breviario de la colección “Cultura y Nación” (Declarada de Interés por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe) 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de elfigondelperegrino

Me gusta la vida, y lo que la compone, aún creo en la gente, con franqueza y lealtad, sin distinción de credo ni raza... Creo que aportando mi pequeño granito de arena, conjuntamente con los demás, se puede llegar a construir grandes cosas. Me declaro Amante del agua, del verde, de mis plantas y sobre todo, apasionado por la literatura.. Me agrada seguir aprendiendo las vivencias de otras culturas, ya sé, que para llegar a saber de todas, no me alcanzarían dos vidas, en tanto...lo intento. Te invito a caminar este rumbo, hay senderos aún, ya se abrirán los caminos...SE HACE CAMINO AL ANDAR.
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